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El maestro soportó estoicamente que le saquen la mesita donde dejaba su ropa cuando se retiraba a descansar.
Las ratas comenzaron a roerla y el pobre hombre se quedó sin la única pertenencia que le quedaba en la casa, a excepción de la gloriosa escopeta, la cual utilizó sin más trámite.
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El genio fue a buscar el casco para cumplir con su cometido. De pronto al ir hacia el desván, la escopeta Víctor Sarrasqueta estaba ahí, lustrosa, seductora, brillante.
Lo llamó y le pidió por favor ser utilizada.
El más grande no pudo contener la emoción, la tomó cargó los cartuchos que estaban al lado e
HIZO JUSTICIA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
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Nunca falta el desubicado que pretende reivindicar a las victimarias.
En todo caso, deberian pensar en la verdadera victima: El Maestro Barreda
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El santuario donde ocurrió tan bello acto es víctima de los vándalos que dejan una señal inequívoca de la sociedad en la que vivimos.
La ley que lo transforme en museo no debe demorar.
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Al entrar por ultima vez al tribunal, el genial odontologo trasuntaba una verdadera paz espiritual, fruto de la conciencia del deber cumplido.
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La mirada clara, la convicción de la justicia de sus actos, la claridad mental a la hora de disparar. Todo eso, en una sola persona: EL MAESTRO BARREDA!
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